El día que nos volvimos pecho fríos

Por Gastón Gómez*
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11/12/16 - 16:08

Era un día como todos, una mañana calurosa de verano en la que el sol amanece más temprano que uno. Juan, acostumbrado a su rutina, se levantó cuando sonó el despertador. Fue hasta la cocina y puso la pava en la hornalla para tomar unos mates, se lavó los dientes y comprobó si salía agua suficiente de la ducha para darse un baño antes de ir a trabajar. Es que después de muchos años de padecer la falta de agua, son muchos los que desconfían de tener el tanque provisto, y quizás deban bombear desde el que está enterrado en el patio.

- Amor, llegó la boleta del gas – le comentó su novia que ya se había levantado y lo estaba esperando para desayunar en la mesa.

- ¡¿La boleta del gas?! – le preguntó Juan sorprendido – Si llegó hace dos semanas

- Qué sé yo, acá hay una boleta nueva – le contestó ella.

Juan se sentó en la mesa, y mientras compartía unos mates con su pareja, la impotencia le modificaba el humor. Resulta que durante varios meses no le había llegado la factura de gas, hace un tiempo le habían mandado una sin costo y ahora le habían enviado dos boletas juntas que rondaban los $2400 pesos cada una. Es decir, su enfado era notable pero se mezclaba con la preocupación de saber que tenía que pagar casi cinco mil pesos en poco tiempo. 

- Yo me voy a Bahía hoy, ¿te acordás? – lo interrumpe su novia.

- Eh… sí, sí. – le respondió casi sin pensar en lo que decía  - ¿A qué ibas a Bahía?

- Te conté, Juan. ¡Nunca me escuchas!

- Si te escucho, pero no me acuerdo.

- Voy acompañar a mi vieja por el tema de la jubilación, tiene que hacer el trámite de la huella para poder cobrar la pensión a partir del año que viene…

- ¿Pero eso no lo hacen acá?

- No, amor. Todos los jubilados tienen que viajar hasta allá porque acá no tienen el aparatito para poner el dedo. – le explicó ella mientras se encogía de hombros y realizaba ademanes como gesto de resignación - ¿Vos sabes sí todavía está la terminal del centro o ya la cerraron?

- Eh… no sé. Sabía que la iban a cerrar, pero no me acuerdo la fecha…

- ¿Y por qué la cierran? Con este calor tenemos que irnos hasta la terminal o esperarlo en la calle. ¿y si alguien se siente descompuesto o algo? – le pregunta con indignación.

- ¡Qué sé yo, Emilia! ¿Qué me preguntas a mí? ¿Yo que puedo hacer?

Siguieron desayunando, cada uno pensando  en sus temas. Se miraban solo para recibir o devolver el mate que empezaba a lavarse.

- Yo vuelvo al mediodía… o a la tarde, no sé cuánto vamos a tardar con el trámite… cuando salgas de trabajar, ¿podes ir a comprar unas cosas que te dejo anotadas? Porque ayer, con el corte de luz tire varias cosas y no nos queda ni leche, ni manteca… - le pide mientras buscaba un papel y lapicera para escribir el recado.

- Lo compramos juntos a la tardecita, ¿dale? Cuando salgo está todo cerrado – se esgrime él.

- Bueno está bien, pero fíjate la compu entonces. ¿Viste el miércoles, el bajón de tensión? Bueno, no quiere arrancar, no sé qué le pasó.

- Uh, lo único que falta es que se haya quemado.

Para despejarse y lograr cambiar un poco el mal humor que había adquirido en cuestión de minutos, prendió la radio. Después de unos temas musicales, escuchó el pronóstico y se copó con una entrevista que le realizaban a un legislador provincial. El político argumentaba los motivos por los cuales no habían podido solucionar el problema de la Ley de la Zona Austral Desfavorable, aseguraba que estaba trabajando incansablemente para que se solucione y prometía que seguramente en poco tiempo, o más tardar el año que viene, se iba a destrabar el conflicto.

- ¡¿Estas escuchando, Emilia?! Ese tipo no tiene cara, nos están tomando el pelo. ¿Todo un año para modificar un error de imprenta? Y no lo pudieron hacer… ¡¿Vos sabes cuánto cobran estos tipos?! – Cuestionaba mientras iba aumentando el volumen de la voz.

- ¿Para qué te calentás, Juan? Si vos no pagas ingresos brutos, ni nada… ¿Para qué te haces mala sangre?

- Pero es un beneficio para el pueblo, Emilia. Además a mí lo que me jode es el chamuyo…

- ¿Y qué vas a hacer vos desde acá? Nada… Así que no reniegues al pedo y dejame desayunar en paz…

Juan se levantó de la mesa, buscó las llaves y el celular, le dio un beso a su novia y salió para el trabajo sin pegarse la ducha que había planificado.

En el camino, iba pensando en los temas que se habían suscitado: la inseguridad con el tema del agua, la doble boleta del gas, la huella para la jubilación de su suegra, la cancelación de la terminal céntrica del colectivo, los reiterados bajones de tensión o directamente cortes de luz,  y el chamuyo de la ley que había escuchado en la radio. Ahí, se acordó de una frase que siempre le decía su abuelo: “Cada sociedad tiene lo que se merece”.

Y en un arranque inspirador, se puso filosófico y se preguntó a sí mismo: “¿Somos una comunidad resignada por no tener el caudal de votos como otros distritos, por vivir a 700 kilómetros de la capital provincial y por eso no peleamos por defender nuestros derechos?, ¿Somos la sociedad más creyente del continente, que cree que los problemas se solucionan solo como por arte de magia?, ¿Somos la localidad más paciente?, ¿o somos el pueblo más pecho frío del mundo?”.

ESTE CUENTO ES FANTASÍA. CUALQUIER SEMEJANZA CON LA REALIDAD, ES PURA COINCIDENCIA.

*Periodista. Miembro del staff de FM Villarino

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